El artista peruano Fernando “Huanchaco” Gutiérrez lleva a Cornell Checán Stereo, una obra que recupera la sonoridad de la lengua mochica y conecta arte, memoria e identidad

Héctor Velarde | New York Hispano | Colaborador
Nueva York
La Universidad de Cornell presenta hasta el 7 de febrero del próximo año la instalación Checán Stereo, del artista peruano Fernando “Huanchaco” Gutiérrez (Trujillo, 1978).
Huanchaco es un artista multidisciplinario cuya voz se manifiesta desde la pintura y la escultura hasta la fotografía y el cine, incluso ha explorado la performance con la creación hace varios años del súper héroe imposible y estrambótico llamado Súper Chaco, que terminó enterrando en una ceremonia en la que participó el mismísimo bisnieto de Miguel Grau y quedó documentado en el cortometraje “Un héroe inmortal” (2009).
Menciono esto porque desde el inicio su obra ha estado íntimamente ligada a su tierra, un viaje a las entrañas de lo que es ser peruano, a la búsqueda de una paternidad ausente que hace difícil la creación de una identidad sólida, que se expresa también en otra exposición suya, la del Lanzón de Chavín -—que Julio C. Tello lo definió como el origen de la cultura peruana-—, en donde aparece doblado y en psicoterapia.

Algo del Lanzón de Chavín cruza toda la obra de Huanchaco, desde sus primeras pinturas en la Universidad Católica hasta esta exposición en Cornell. Porque posee un discurso fuerte como la piedra milenaria original, denunciando las limitaciones de la academia para comprender civilizaciones no occidentales, y frágil a la vez porque es consciente de sus propias limitaciones y distorsión en su esfuerzo de darle voz a un pueblo y una lengua extinta.
La cultura Moche en Checán Stereo se escucha en unas pocas palabras como sonaba siglos atrás, en una instalación que incluye huacos mochicas originales y réplicas, y que esta armada de tal manera que la audiencia se sumerge en un viaje emotivo e íntimo al pasado precolombino. Hay algo de heroico y redentor en la obra general de Huanchaco y en este último proyecto en particular, como si Súper Chaco nunca hubiera muerto.
Realmente vale la pena visitar el Johnson Museum of Art de Cornell, es un viaje que puede tomar algunas horas pero que se podrían aprovechar también para conocer el hermoso campus de la universidad hogar de Nabokov y Carl Sagan, las cataratas del pueblo, las casi cuatro mil hectáreas de Jardín Botánico y reservas ecológicas, y por supuesto el Sagan Planet Walk que termina con un viaje a las estrellas.
Fernando Gutiérrez quien tiene como alias Huanchaco, nombre de la playa más famosa del Perú y que en lengua originaria significa “lago de peces” o “laguna hermosa”, nos responde:
HV: Tú exposición en Cornell viaja al pasado e intenta recuperar la voz original de los pobladores mochicas del norte del Perú, a través de la tecnología y el arte, tanto de los propios moches como actual. ¿Hasta qué punto tu intento preserva la voz original de estos pueblos?
FG: El proyecto nace a partir de una grabación familiar. En 1974, mi tío, Américo Herrera Calderón, grabó en cinta de audio a Simón Quesquén. Si bien el idioma mochica desapareció en la década de 1920, Simón Quesquén conservaba, gracias a su abuelo, la pronunciación de un grupo significativo de palabras.
Esto es importante porque, aunque existen diversos registros escritos del significado de palabras mochicas, realizados durante la Colonia y posteriormente, esta grabación conserva la voz de la última persona que conocía su pronunciación. Escuchar a Simón Quesquén hablando es, de alguna manera, escuchar el eco de otro tiempo.
HV: ¿Cuál fue tu intención inicial, recuperar su legado cultural o hacer un llamado a la preservación de su lengua, que como toda lengua es el centro y alma de su civilización, ahora extinta?
FG: El proyecto gira en torno a detenernos a pensar desde dónde miramos nuestro pasado. Un pasado importante, porque es una de las pocas cosas que nos aglutinan en una sociedad tan fragmentada. Solemos recurrir a él para construir nuestra identidad y mirar hacia el futuro.
Pero, volviendo al tema mochica, que está ligado al lugar donde nací y crecí, cuando nos referimos al pasado y a las culturas precolombinas, estas han sido nombradas y estudiadas desde una visión occidental. Esto también está relacionado con la manera en que entendemos lo que significa un museo.
Cuando nos enfrentamos, por ejemplo, a una cerámica mochica como un huaco retrato, solemos mirarla como un objeto, como una pieza de arte precolombino o como un vestigio del pasado. Pero ¿qué implica verla como un objeto? En primer lugar, se genera una relación vertical: quien estudia el objeto siente la necesidad de nombrarlo y llenarlo de contenido. Por otro lado, esa cerámica, en su lugar de origen, estaba vinculada a una serie de conexiones: la salida del sol, las estrellas, el solsticio, entre otras. Cuando es llevada a otro lugar, esa red de relaciones se rompe.
Ahora imaginemos que, en vez de mirarlas como objetos, las miramos como seres, como agentes que forman parte de un ciclo y de una red de conexiones. Están enterradas bajo tierra como parte de un ritual. Entonces, ahí nace el proyecto Checan Stereo (Amor en estéreo).
A partir de las grabaciones, se desarrollan máquinas que permiten emitir esas palabras y hacer combinaciones entre ellas, generando algunos conceptos o intentos de comunicación. La máquina termina en unos audífonos que se colocan en las orejas de estos seres, que fueron enterrados entre los siglos I y VIII d. C. Los audífonos aíslan el sonido del entorno y hacen que el huaco retrato escuche, en su lengua materna, expresiones como “buenos días”, “buenas noches”, “sol”, “vamos a comer”, “vamos pronto”, entre otras.
En ese sentido, cambiamos la relación vertical por una horizontal, donde la academia y el ser intentan relacionarse como presente y pasado, como individuo y sus ancestros.

HV: ¿Tú interés por los Moches y otras civilizaciones norteñas tiene que ver con el hecho de que eres trujillano o por tu apego e identificación con los “segundones” como se ve en otras propuestas tuyas como “Súper Chaco” o “En busca de la chucha perdida de los Incas”… entendiendo que los Incas son los primeros y los hermanos mayores y como nos identifican en todo el mundo?
FG: El tema de los nombres es algo que me ha obsesionado durante muchos años. También ha estado relacionado con la manera en que construimos nuestra identidad. En este caso, el tema de los mochicas sí está ligado a mi paisaje infantil. De niño solía ir a la Huaca de la Luna y a la Huaca del Sol, dos construcciones inmensas de adobe. Sin embargo, fue recién a partir de 1991, con los trabajos de investigación y excavación, que salieron a la luz los murales. Esto es fundamental porque, en mi proyecto anterior, La Chucha Perdida de los Incas, también había una intención de cuestionar los nombres.
Ese proyecto giraba en torno a una ruina que había descubierto el doctor Mario Poggi y que había nombrado “La Chucha Perdida de los Incas”. Es un nombre vulgar y agresivo, pero fue justamente a partir de esa agresividad que empecé a entender lo que significaba nombrar algo. Un nombre es una sentencia sobre cómo se mira algo: lo nombrado ya no puede ser desnombrado.
En ese sentido, hice mi primera conexión: ¿qué tan agresivo era un nombre como Huaca de la Luna o Huaca del Sol, cuando no necesariamente se ha encontrado evidencia de un culto al sol o a la luna?
HV: ¿Cómo relacionarías la actual exposición con tu obra previa?
FG: Justamente, mi exposición previa se llama Psicoanálisis al Lanzón de Chavín.
El Lanzón de Chavín es un monolito de piedra que se encuentra en unas galerías subterráneas dentro del complejo arqueológico de Chavín. Fue Julio C. Tello, considerado el padre de la arqueología peruana, quien, a inicios del siglo XX, propuso, a través de su teoría autoctonista, que la cultura peruana se originaba en Chavín. El Lanzón recibió, así, todo ese peso y responsabilidad.
El proyecto consistió en realizar, a partir de un molde del Lanzón original, una copia exacta en silicona. Esta réplica, flexible, flácida y exhausta, es incapaz de sostenerse de pie y, mucho menos, de soportar el peso de ser la columna de la cultura peruana. Está tendida sobre un diván de psicoanálisis, mientras que, en una silla, a modo de terapeuta, un megáfono reproduce lo que la academia dice que él es.
HV: Observando tu obra, siento que hay un intento de sanar el pasado, de reparar lo que está roto y darle voz a los que no tienen voz…
FG: Pero seguimos siendo el pasado. Por eso, en el proyecto La Voz del Libertador, justamente hago una observación sobre eso: llegó la Independencia, llegó el Bicentenario, pero las preguntas que nos llevaron a la Independencia siguen vigentes.
HV: Sin el equipaje cultural que cargamos los peruanos, ¿cómo crees que entenderían tu obra estudiantes universitarios americanos u otros Latinos? O, mejor dicho, ¿cómo deberían entenderla?
FG: Sí, es complejo por las distintas capas y códigos que contienen los proyectos. Por eso, fue muy acertado el trabajo de Hugo Ikehara-Tsukayama, curador de Checan Stereo en el H. F. Johnson Museum of Art de la Universidad de Cornell. Su curaduría integró, dentro de la instalación y de la conexión con la máquina, huacos mochicas y un huaco retrato mochica pertenecientes a la colección del museo. Y eso es genial, porque la obra deja de ser únicamente una reflexión sobre objetos del pasado y establece una relación directa con las piezas que forman parte de una colección museística.
HV: Ahora mismo que gana en ti, el artista plástico, ¿el performance o el cineasta?
FG: Es que todo está unido, es indivisible. Cuando pienso, por ejemplo, en Checan Stereo, que actualmente está en el museo, el proyecto también está pensado para una performance y para un proyecto audiovisual de corte documental y experimental que desarrollaré más adelante.
En realidad, en mi trabajo, los primeros escalones son la obra misma. A partir de ella voy avanzando, generando y desarrollando el concepto. Después, cuando todo está más procesado y digerido, aparece el proyecto audiovisual. No pienso la obra como algo aislado, sino como el primer punto de un proceso que puede abrirse hacia distintos lenguajes y formatos.
HV: ¿Cómo ves la escena cultural peruana y limeña en la actualidad, existe una escena artística trujillana o todo se concentra en Lima?
En general, cada vez es más difícil y complejo; es, en muchos sentidos, un acto de fe, más aún en un país tan centralista. Pero eso no quita los grandes esfuerzos que se hacen fuera de la capital. Por ejemplo, en Trujillo se acaba de reabrir el MAN, Museo de Arte Moderno de Trujillo, gracias a un esfuerzo titánico de Gerardo Chávez-Maza. También está la recuperación del Cine Chimú, otro gran esfuerzo de Fernando Mendoza.
















