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Jaime Vásquez Quiroz: el drama humano y la libertad de creación

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El pintor peruano cuenta su trayectoria artística, sus influencias estéticas y su experiencia

El pintor Jaime Vásquez Quiroz en su estudio. Foto: contribuida

Hansel Mera | New York Hispano | Colaborador

Para comenzar, ¿cómo recuerda su infancia y el ambiente familiar en el que nació su vocación artística?

Nací en 1955, en una época en la que Chimbote era un puerto extraordinario, un verdadero desovadero de peces, un lugar muy bello. Allí trabajaba mi padre, que tenía una mina. Nos establecimos en un jirón llamado José Valte. Nuestra casa estaba ubicada en una esquina grande donde se organizaban serenatas, cumpleaños y reuniones familiares. Todos mis hermanos cantaban.

Mi familia procede de Cajamarca, en el extremo norte del Perú, cerca de la frontera con Ecuador. Mis padres siempre estimularon el arte. Además, dentro de la familia tuve una referencia extraordinariamente singular: mi tía Yma Súmac, un patrimonio cultural universal y una cantante de reconocimiento internacional. Tenemos su sangre y, de alguna manera, esa admiración por ella despertó en nosotros el interés por el arte. Mis hermanos comenzaron a desarrollar sus propias inquietudes artísticas: hacían dibujos, diseños y diferentes trabajos creativos.

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¿Cuándo comenzó a tomar conciencia de que la pintura podía convertirse en una vocación y, eventualmente, en una profesión?

Con el tiempo participé en un pequeño concurso local y obtuve un reconocimiento. Era una pintura todavía incipiente, pero aquella experiencia me hizo tomar más en serio mi trabajo, a pesar de que prácticamente era un niño. Así comenzaron las cosas. En el colegio empecé a hacer dibujos, mapas e ilustraciones para los cuadernos de mis compañeros. Incluso tenía un pequeño negocio con un amigo que hacía las veces de secretario: él se encargaba de organizar los pedidos y yo realizaba los dibujos y cobraba por ellos. De alguna manera, desde entonces empecé a entender que podía dedicarme a esto.

En 1973 llegó a Lima. ¿Qué circunstancias motivaron ese traslado y cómo fue su primer acercamiento a la formación artística profesional?

En 1973 llegué a Lima. Hubo un gran terremoto en Chimbote que nos obligó a migrar. Mi hermano ya estaba establecido en Lima y tenía un taller gráfico. Cuando llegué, aprendí allí algunos de los procedimientos más importantes para los ilustradores.

Posteriormente, mi hermano decidió emigrar a México porque allí estaba ocurriendo algo maravilloso en el ámbito de las artes gráficas. Comenzó a trabajar en la editorial Baro, junto a extraordinarios ilustradores. Yo me quedé en Lima y mi padre me matriculó en la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes.

¿Cómo recuerda su experiencia en Bellas Artes y el contexto político e institucional que encontró al ingresar?

Cuando ingresé a Bellas Artes, el país estaba bajo el gobierno militar de Juan Velasco Alvarado. Existía una orientación política muy marcada hacia una concepción del arte para el pueblo. La institución atravesaba también un momento complicado: habían apartado de la dirección a Ugarte Eléspuru y, desde mi perspectiva, la escuela estaba bastante desarticulada en algunos aspectos.

Sin embargo, pude disfrutar de la belleza que todavía conservaba. Recuerdo especialmente las pinturas y los trabajos realizados a partir de moldes directos de obras originales. Estaba feliz porque, finalmente, podía estudiar la profesión que tanto amaba.

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¿Qué influencias culturales y musicales acompañaron su formación y comenzaron a definir su sensibilidad artística?

En aquella época también estaba muy de moda el rock progresivo. Escuchaba a Emerson, Lake & Palmer y Pink Floyd. Era una tendencia musical que conectaba mucho con mi sensibilidad, particularmente con mis inquietudes simbolistas. Me encantaba esa música experimental y el simbolismo.

La música ha tenido una influencia muy importante en mi creación. Durante mis años en Bellas Artes, la música popular estaba siempre presente. Se escuchaba música nativa, instrumentos como la zampoña y otras expresiones tradicionales, pero , yo sentía la necesidad de explorar otros caminos porque tenía una sensibilidad más urbana y otras inquietudes culturales.

Ha mencionado que durante sus años de formación existía una fuerte influencia política sobre los espacios educativos. ¿Cómo incidió ese contexto en su concepción del arte?

Durante los años setenta existía una influencia política muy grande, impresionante. Recuerdo la presencia de Sendero Luminoso en la Escuela de Bellas Artes y en las universidades, con una tendencia a imponer un pensamiento dirigido.

Desde joven quise enfrentarme a esa forma de pensamiento. En ese contexto tuve que aprender a sobrevivir y desarrollar mi obra procurando no ideologizarme, conservando mi punto de vista personal.

Terminé satisfactoriamente mi formación académica, pero siempre he pensado que el lenguaje plástico personal se consigue con mucho más tiempo; no se construye simplemente durante los años de estudio. Es necesario experimentar, explorar y encontrar una identidad propia.

¿Cómo comenzó a desarrollar ese lenguaje plástico personal y cuáles fueron los primeros temas que abordó?

Fue entonces cuando empecé a desarrollar mi propio alfabeto plástico, abordando diferentes períodos y temáticas.

Uno de mis primeros trabajos fue una serie que abordaba las sombras de la selva y la transformación del paisaje natural. Allí denunciaba lo que estaba sucediendo con el medioambiente. Chimbote había sido una hermosa bahía, llena de peces, pero terminó convirtiéndose prácticamente en una cloaca debido a la contaminación.

A comienzos de los años ochenta todavía era muy escasa la protesta artística frente a la contaminación y la destrucción de la naturaleza. Para mí era importante abordar esos problemas desde la pintura.

¿Cómo fueron evolucionando sus principales etapas artísticas y de qué manera pasó de la figuración a la abstracción?

Mi obra no siempre ha estado centrada en la denuncia. Después de aquella primera etapa, que abordaba la problemática ecológica y que también he identificado como Sombras del Acero, continué con una exploración del litoral peruano.

Recuerdo especialmente una zona de Paracas, extraordinariamente bella, llena de historias y narraciones de pescadores. A esa etapa la denominé Ola de Misterio. Posteriormente desarrollé una pintura completamente figurativa, por la cual llegué a ser bastante conocido.

En una ocasión, durante una reunión entre pintores, conocí a un joven artista. Cometí el error de elogiar demasiado su trabajo y él respondió que era un verdadero pintor. Entonces me dijo que yo era un repetidor de imágenes.

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Aquello me provocó una reacción. Le respondí: «Mira, voy a demostrarte que puedo seguir siendo Jaime Vasques incluso siendo abstracto».

Cumplí mi palabra durante seis años. Trabajé intensamente en la abstracción, pero no dejé de ser yo mismo. Mi composición, mi sensibilidad y mis sentimientos permanecieron. Posteriormente logré hacer convivir la figuración y la abstracción, desarrollando una especie de neofiguración con características propias.

En sus obras de los años ochenta aparecen tanto la denuncia social y ecológica como la fantasía y la mitología popular. ¿Cómo se relacionan estas dimensiones en su trabajo?

Durante los años ochenta trabajé entre los temas sociales, especialmente la denuncia ecológica, y los temas relacionados con la fantasía popular.

Pinté, por ejemplo, El Viejo de la Cabaña, dentro de la serie Ola de Misterio, en la que retomé diferentes elementos de la mitología local. También abordé figuras como El Fantasma de la Peña y El Lobo del Mar. Fue una etapa muy onírica.

El mar siempre ha tenido una presencia fundamental en mi pintura. Para mí es un símbolo especial, un universo que contiene historias, misterios, personajes y experiencias humanas.

¿Cuáles son los temas que considera centrales en su producción?

Los motivos que más me interesan en la pintura están relacionados con el drama humano. Esa es la columna vertebral de mi obra: las diferentes facetas que tiene el ser humano para sobrevivir.

También me interesan profundamente la mitología y los símbolos como formas de expresión. Estoy convencido de que las innovaciones artísticas no surgen por capricho, sino por una necesidad de expresar algo.

En mis composiciones y texturas está presente lo ancestral, pero no se trata de representar algo que ya hicieron nuestros antepasados. Se trata de comprender cómo ese legado se ha transformado a través del filtro que soy yo, de mi propia sensibilidad y de mi experiencia como artista.

Entre sus obras recientes destaca El Sobreviviente, realizada durante la pandemia. ¿Qué representa esta pintura?

Es una pieza muy significativa para mí. El Sobreviviente representa al artista que, a pesar de todas las dificultades, ha conseguido sobrevivir.

En la composición aparecen diferentes símbolos: el perro, que es un acompañante fiel; la comida; la limosna y otros elementos que hablan de la supervivencia. La pandemia queda atrás y el personaje continúa mirando, manteniendo su posición dentro de la composición general del tren.

Es una obra que habla de la resistencia, de la capacidad de seguir adelante y de la experiencia humana frente a circunstancias extremas.

Una de las obras del pintor peruano Jaime Vásquez Quiroz. Foto: contribuida

¿Cómo comenzó su proyección internacional y de qué manera sus obras llegaron a despertar el interés de galeristas y coleccionistas extranjeros?

Trabajé en Santiago de Chile y vendí obras a personas estadounidenses. También hubo una galería peruana, Borkas, vinculada a raíces peruanas, que exponía en la Hispanic Society of America. Allí conocieron mi trabajo y un galerista norteamericano quedó fascinado con mis pinturas. Comenzó a buscarme hasta que finalmente logró localizarme.

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Para entonces yo ya estaba vendiendo mis obras en galerías del East Village, en Nueva York, durante los años ochenta, aunque todavía vivía en el Perú.

¿Cómo evolucionó su trayectoria durante los años siguientes y qué exposiciones o encuentros considera especialmente importantes?

En el año 2000 recibí el nuevo siglo junto a mi familia, pero para entonces ya existía un mercado que conocía mi trabajo. Una de mis primeras obras de esa etapa fue El Despertar de un Devoto, relacionada con una procesión del Señor de los Milagros que asciende hacia el cielo y que, de repente, parece precipitarse.

Después llegó Morir en el Puerto, donde aparece un pescador que se desmaterializa. Posteriormente realicé otras obras, como El Vuelo con el Fantasma, entre muchas otras.

También pinté Mercaderes en el Templo, una obra que se vendió en México y que tuvo un impacto importante.

En 2002 expuse por primera vez en las Naciones Unidas. Después participé en numerosas exposiciones colectivas.

Recuerdo también que, hace aproximadamente quince años, llegó un galerista mexicano que quedó fascinado con mi trabajo. Trabajé con él durante unos cinco años, a través de la galería Mizrachi, una de las más antiguas de México y vinculada a una tradición artística importante.

A lo largo de la entrevista ha insistido en la importancia de mantener una posición personal frente a las tendencias y las imposiciones ideológicas. ¿Qué significa para usted ser un artista de pensamiento libre?

El libre pensador no les conviene a quienes quieren imponer determinadas ideas. Tampoco les conviene a los sistemas que buscan oprimirte o dirigir tu pensamiento.

Por eso considero que el artista debe desarrollar una filosofía propia. Necesita tener la libertad de pensar, cuestionar y construir su propio lenguaje, sin someterse necesariamente a las tendencias o a las imposiciones de su tiempo.

Además de su trayectoria como pintor, ¿qué lugar ha ocupado la ilustración en su carrera profesional?

Mi carrera como ilustrador fue relativamente corta. Realicé algunas carátulas de libros, pero, en realidad, han sido mis propias obras las que posteriormente se han utilizado para publicaciones. Muchas de ellas forman parte de colecciones privadas.

 Finalmente, ¿en qué proyectos está trabajando actualmente?

Uno de mis trabajos más recientes es El Zoológico de las Mutilaciones, una reinterpretación de El Jardín de las Delicias, de El Bosco, desde una perspectiva contemporánea. Es una pintura espectacular, de cinco metros de largo por tres metros de altura. Ya tengo realizados los dos bocetos correspondientes al infierno y al purgatorio; todavía me falta desarrollar el cielo.

Una galería importante de México está interesada en financiar este proyecto. Es una obra de gran dimensión y complejidad, en la que estoy trabajando con mucho entusiasmo.

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