El escritor colombiano Gustavo Álvarez Gardeazábal, es el autor de una de las piezas literarias más fuertes de la violencia colombiana
Hansel Mera | New York Hispano | Colaborador.
Sea por las múltiples ediciones que desde 1971 ha tenido la novela Cóndores no entierran todos los días, y hasta por la película homónima (1984, dirigida por Francisco Nordén), el nombre de Gustavo Álvarez Gardeazábal no resulta nada extraño. De hecho, muchos de sus lectores hispanos comúnmente le relacionan con el retrato de la montaraz Colombia de mediados de siglo XX plagada de campesinos asesinados y embebidos en la misma sangre con que pagaron su fidelidad a las banderas del bipartidismo liberal y conservador.
Lo cierto es que la obra de Gustavo Álvarez Gardeazábal resulta muy poco comprensible con tan estrecha concepción; primero, porque la violencia que nos retrata lejos está de ser simple, lejos está de funcionar como un monótono telón para crudos acontecimientos. Y, segundo, porque no se puede echar por la borda la dimensión compositiva, la filigrana estética de muchos de sus trazos.

Fuente: https://literaturaenelvalle.blogspot.com/2011/01/condores-no-entierran-todos-los-dias.html
Nacido en la Colombia de 1945 (Tuluá, Departamento del Valle del Cauca) y cerca a cumplir sus ochenta años, la vida y obra del escritor y beligerante político es amplia y compleja: en su recuento desfilan premios, reconocimientos, polémicas, y hasta expulsiones de universidades, como en 1965, cuando fue expulsado de la Pontifica Universidad Bolivariana de Medellín tras escribir el cuento “Piedra pintada”. Por entonces un joven de 20 años hizo de las suyas al negarse al abrazo o la oda siempre complaciente.
Hablamos de no menos de 14 novelas que van mostrando mediante personajes, estructuras narrativas y distintos recursos, la complejidad de una violencia que se va transformando en el tiempo, partiendo de esos fieros desencuentros entre campesinos, hasta perpetuarse mediante partidas de bandoleros, guerrillas, paramilitares y narcotraficantes que entre las décadas de 1970 y 1990 levantan emporios económicos que funcionaron sobre la base de ejércitos irregulares en armas, con grandes fortunas en las ciudades, extensos sembrados de coca en el campo colombiano y muertos y más muertos a cuestas.
De hecho, ese retrato de la violencia que atraviesa a la sociedad colombiana en Gardeazábal nos hace pensar en el lado menos amable de la sentencia de Balzac, para aquí entonces postular, todo menos una benévola Comédie Humaine, y más una enrevesada tragicomedia colombiana que solo la pluma del ya octogenario escritor ha podido legarnos. No cuesta mucho recordar aquellos pasajes en libros como La Tara del papa (1972), donde unos campesinos huyen en vano, hasta que son emboscados por “más de veinte” con “tanto machete y tanta pistola” para hacerlos morir a pedacitos.
Ante todo, insistamos, en Gardeazábal también hay lugar para la belleza, algo que de seguro sienten y sentirán quienes quieran creer que (parafraseando una miniatura legada por Carlos Fuentes) “todo lo que importa se escribe con sangre”. A propósito, me atrevo a destacar un fragmento de El Divino (1985), en una primera edición ya cuarentona a cargo de la Editorial Plaza y Janés:
“A su lado, almodorrado, luciendo la brillantez infinita de su belleza el divino Mauro, cubierto apenas con una sábana del ombligo hacia abajo. Todo había sido tan vertiginoso, tan lejano de cualquier preparación, que cuando la fuerza brutal de los brazos del King Kong tomó entre ellos el bellísimo cuerpo del divino, Bill Urzùa creyó estar repitiendo la historia enfermiza de su adolescencia. Pero cuando entendió que entre sus brazos y sobre su cuerpo, o debajo de él, estaba la más impresionante de las esculturas de Miguel Ángel, se dobló en la insensata posición que su gigantesco cuerpo podía adoptar para sentirse poseído y, con luces en los ojos, y una fuerza excepcional que le daba la cocaína super pura que el divino había sacado de sus mejores cavas de producción, no se pudo dormir hasta que el estruendo dantesco de la alborada había cesado por completo y el divino Mauro había ido y venido una y otra vez de arriba a abajo, por todas las teclas de su piano, haciéndole sentir la ululante felicidad que solo dan las inconclusas polonesas de Chopin”.
En un corto chat Gardeazábal nos remonta hasta sus tempranos días como docente universitario en Colombia, nos habla de las visitas de figuras como Vargas Llosa y la importancia de los encuentros entre escritores hispanoamericanos y colombianistas. (Imagen 2). Y luego nos recuerda que tuvo “bastante eco en universidades norteamericanas” como invitado para “seminarios y charlas en distintos momentos” en Columbia, NYU, Stony Brooks, sin olvidar otras universidades en Florida, Kansas, Kentucky, etc. Su acertada conclusión “me estudiaron muchos de esos gringos”. Tristemente, no hay mayores rastros sobre esas visitas y muchos de esos profesores ya han muerto.

Fuente: https://audiovisuales.icesi.edu.co/items/de4efe57-2e42-49db-8486-10a3cf163529
Bien lo ha dicho la profesora Margarita E. Jácome “ Desde una práctica estética consecuente y como representación de acontecimientos de gran impacto en comunidades azotadas por la violencia, Cóndores no entierran todos los días se ha convertido en una obra esencial para los lectores de habla hispana”. Con calma, habrá que esperar los impactos de la reciente traducción, A Cóndor Dies (2022), a cargo del profesor Jonathan Tittler, porque seguramente este cóndor atrapará a sus lectores angloparlantes en tierra de águilas y con sus propias violencias. Por ahora, es todo.

Fuente: https://atmospherepress.com/books/a-condor-dies-translated-by-jonathan-tittler/
Publicado el 19 de Junio, 2025
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