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Mario Vallejo, comunicador de múltiples voces

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El periodista, poeta y gestor cultural peruano reflexiona sobre la libertad de expresión, la comunicación estratégica y las experiencias que marcaron su vida y su trayectoria 

El periodista y comunicador social, peruano, Mario Vallejo O. 

Héctor Velarde | New York Hispano | Colaborador

Hablar con Mario Vallejo Ortiz (Lima , Perú) es recorrer varias décadas de la historia contemporánea del Perú desde la mirada de un periodista que nunca dejó de ser poeta. Su relato enlaza los años de la violencia política, las crisis económicas y las tensiones por la libertad de prensa con la irrupción de la cultura alternativa, el rock subterráneo y la búsqueda constante de espacios para el pensamiento independiente. A lo largo de su trayectoria ha ejercido el periodismo en diarios como La República, Liberación y Expreso; fue jefe de prensa del entonces Instituto Nacional de Cultura; fundó el Grupo Cultural Lennon y, desde distintos espacios, ha impulsado proyectos dedicados a la comunicación y la difusión artística. En la actualidad dirige la consultora Vallejo Comunicaciones y Crisis Corporativa, la revista digital Dosis Cultura Alternativa y el programa radial y pódcast No se diga más, labor que complementa con una constante producción literaria, reflejada recientemente en los libros Manifiesto para vivir y Todos juntos, nunca revueltos. En esta entrevista para New York Hispano, Vallejo reflexiona sobre las experiencias que marcaron a su generación, el valor de la cultura como forma de resistencia y el poder de la palabra como herramienta para comprender la realidad y tender puentes entre las personas.

Eres de una generación de periodistas y escritores que nació durante el gobierno militar de Velasco, fuiste testigo del surgimiento del terrorismo, vivió la hiperinflación y luego el fujimorismo. ¿Cómo marcaron estas experiencias tu carácter, tu personalidad y tu vocación?

Crecí en un país que parecía vivir permanentemente en crisis. Mi generación aprendió muy temprano que la estabilidad no era algo garantizado. Vimos el miedo provocado por el terrorismo, familias destruidas por la crisis económica y una sociedad profundamente polarizada. Todo eso me enseñó a valorar la libertad, a cuestionar los discursos únicos y a entender que detrás de las cifras y los titulares siempre hay seres humanos. Como periodista me llevó a interesarme por las historias de la gente común; como poeta, a buscar respuestas en las emociones y en la memoria colectiva.

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Los militares estatizaron los medios de comunicación y luego Fujimori y Montesinos terminaron controlando buena parte de ellos. ¿Sentiste que esas realidades fueron una camisa de fuerza para la libertad de expresión?

-Aviso-

Sí, porque cuando el poder intenta controlar la información, también intenta controlar la forma en que una sociedad se entiende a sí misma. Mi generación creció viendo cómo distintos gobiernos buscaban influir en los medios. Eso me hizo valorar enormemente los espacios independientes. Quizás por eso siempre me sentí atraído por las expresiones culturales que surgían al margen de los circuitos oficiales. La poesía, el rock y el periodismo independiente fueron para mí formas de resistencia, maneras de preservar una voz propia frente a cualquier intento de uniformidad.

¿Por qué te sentiste atraído por la escena subterránea de los años ochenta y noventa y no por las bandas más comerciales?

Porque en la escena subterránea encontré autenticidad. No era una música diseñada para agradar ni para encajar en fórmulas comerciales. Era una expresión directa, a veces incómoda, pero profundamente honesta. En un país atravesado por la violencia, la crisis y la incertidumbre, esa música parecía hablar el mismo idioma que muchos jóvenes de mi generación. Más que una preferencia musical, era una forma de entender el mundo.

Más allá de la cultura underground, ¿qué te aportó esa movida musical en términos artísticos?

Me enseñó que el arte no depende de presupuestos ni de permisos. Aprendí que la creatividad puede surgir en los lugares más inesperados y que la pasión suele ser más importante que los recursos. También me enseñó el valor de la independencia y de la coherencia. Muchos de esos artistas creaban porque tenían algo urgente que decir, no porque esperaran reconocimiento. Esa lección me acompañó toda la vida.

¿Qué autores fueron fundamentales en tu formación como escritor?

Mis influencias son muy diversas. Naturalmente, la poesía de César Vallejo dejó una huella profunda por su intensidad humana. También me marcaron escritores latinoamericanos como Julio Cortázar y Gabriel García Márquez. Pero debo reconocer que mi formación no proviene solo de los libros. También aprendí mucho de la música, del periodismo y de las conversaciones con personas comunes. La vida ha sido una de mis principales maestras.

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Tu apellido está vinculado al arte y al periodismo. ¿Representó eso una presión para ti?

Más que una presión, fue una referencia. Uno crece admirando a personas que han destacado en distintos campos y naturalmente siente respeto por ese legado. Sin embargo, entendí desde muy joven que cada generación debe construir su propia historia. Nunca quise vivir a la sombra de nadie. Mi objetivo siempre fue encontrar una voz propia y aportar algo desde mi experiencia y mi tiempo.

Leyendo tu poesía parece que se escucharan guitarras, baterías y sintetizadores. ¿La música ha influido tanto en ti como la literatura?

Sin ninguna duda. La música ha sido una compañera permanente en mi vida. Muchas veces una canción me ha enseñado más sobre una emoción que un ensayo o una novela. Cuando escribo, pienso mucho en el ritmo, en la musicalidad de las palabras. Tal vez por eso algunos lectores perciben una dimensión sonora en mis textos. Para mí, literatura y música nunca han sido mundos separados.

Háblame de tu etapa en el Grupo Lennon. ¿Fue tu primer acercamiento colectivo al arte?

Sí, fue una experiencia muy importante. El Grupo Lennon representó una etapa de descubrimiento, de intercambio de ideas y de entusiasmo creativo. Fue una época en la que entendí que el arte no es solamente una experiencia individual, sino también un espacio de encuentro. Compartir proyectos con otras personas me ayudó a desarrollar una visión más amplia de la cultura y de su capacidad para generar comunidad.

Parte de tu adolescencia transcurrió en Alpinópolis, Brasil, y sientes una gran fascinación por Nueva York. ¿Qué te aportaron ambas ciudades?

Alpinópolis me enseñó la riqueza de la diversidad cultural. Brasil tiene una energía especial, una relación muy intensa con la música, la alegría y la creatividad. Vivir allí amplió mi mirada sobre América Latina y me permitió descubrir otras formas de entender la vida. Nueva York representa algo distinto. Es una ciudad que simboliza la posibilidad, la mezcla de culturas, la innovación y la libertad creativa. Siempre me fascinó esa capacidad que tiene para reinventarse constantemente. De alguna manera, entre la sensibilidad latinoamericana que encontré en Brasil y el espíritu cosmopolita de New York City se formó una parte importante de mi identidad.

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¿Te consideras una fusión de varias culturas y géneros artísticos?

Sí. Soy peruano y profundamente orgulloso de mis raíces, pero también he sido influenciado por Brasil, por la cultura anglosajona, por el rock, la literatura, el periodismo y las artes visuales. Nunca me sentí cómodo dentro de una sola categoría. Me gusta pensar que soy el resultado de muchos encuentros culturales y artísticos que han ido enriqueciendo mi manera de ver el mundo.

Ahora vives en Cerro Azul, lejos de las grandes ciudades que marcaron buena parte de tu vida. ¿Qué te han dado Cerro Azul y Cañete?

Me han dado algo que hoy considero invaluable: cercanía humana. En los grandes centros urbanos uno suele vivir rodeado de ruido y velocidad. En Cañete encontré historias extraordinarias en personas que rara vez aparecen en los titulares nacionales. Aquí redescubrí la importancia de escuchar. Además, encontré una comunidad con una riqueza cultural enorme. Cerro Azul y Cañete me han regalado serenidad, amistad e inspiración.

¿Quién gana en ti: ¿el periodista, el promotor cultural o el poeta?

Creo que ninguno gana completamente porque los tres se necesitan. El periodista me permite comprender la realidad. El promotor cultural me impulsa a construir espacios para otros. El poeta me ayuda a interpretar las emociones y las contradicciones humanas. Si tuviera que definirme con una sola palabra, diría que soy un comunicador, porque en esa palabra convergen todas mis facetas.

¿Te gustaría agregar algo más?

Sí. Si algo he aprendido en todos estos años es que la cultura y la comunicación tienen la capacidad de transformar vidas. He conocido artistas, emprendedores, estudiantes, trabajadores y líderes comunitarios que cambiaron su entorno gracias a una idea, una canción, un libro o una conversación. Por eso sigo creyendo en el poder de la palabra. Vivimos tiempos complejos y acelerados, pero mientras existan personas dispuestas a contar historias y otras dispuestas a escucharlas, siempre habrá esperanza. Mi vida ha estado dedicada precisamente a eso: contar historias, tender puentes y celebrar la extraordinaria diversidad de la experiencia humana.

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