“La mujer puede ser lo que se proponga ser”

70

Karina Alomar, juez de la Corte Suprema de Nueva York y ‘ecuarican’ de amplia trayectoria en el sistema judicial

La juez Karina Alomar, de la Corte Suprema de Nueva York, en Queens.

Arturo Castillo | New York Hispano

Colaborardor

El diálogo con la juez Karina Alomar empieza con nuestro comentario de que su oficina se ve muy ordenada, simétrica. “Gracias, pero no es mi oficina”, aclara. “Lo que usted está viendo es un ‘background. Mi oficina está un poco desarreglada”, dice riendo. “Pensé, qué impecable, qué organizada es. Todo se ve perfecto, todo está en su lugar”. “¿Es usted simétrica?”, inquirimos. “Sí, por supuesto”, responde. “Algunas personas son ordenadas y simétricas, y se impacientan mucho si algo está fuera de su lugar”, agregamos. “A propósito, ¿cómo es usted?”, le preguntamos. “Las cosas que están en desorden me dan como ansiedad”, dice con un tono que grafica su afirmación. “Entonces, usted necesita, para funcionar intelectualmente, que haya orden a su alrededor”. “Sin duda”.

El diálogo de calentamiento abre nuestra percepción acerca de la juez Karina Alomar. Ella parece ser buena conversadora; entretenida, de naturaleza predominantemente intelectual, rotundamente franca, de carácter determinado.

Bueno, empecemos con sus credenciales.

“Yo soy juez de la Corte Suprema del Estado de Nueva York. Mi responsabilidad son los casos de Queens. Antes de ser electa para la Corte Suprema de Nueva York, fui juez de la Corte Civil por dos años, y antes de eso fui abogada; tenía mi propia oficina, donde atendía casos de familia, divorcios, manutención conyugal, manutención infantil, y también casos penales. Me gradué de la Universidad de Saint John’s, con un doctorado en jurisprudencia y también obtuve el título de periodista en Florida State University.

Mi madre es de Manabí, Ecuador, y mi padre era de Puerto Rico; soy lo que llaman una ‘ecuarican’.

¿Su vocación por la abogacía nace de manera espontánea, o en su familia hay algún antecedente de ejercicio de la jurisprudencia?

No, mis padres no fueron a la universidad. Mi madre solo pudo estudiar hasta el octavo grado; mi papá terminó la secundaria. Pero ellos siempre nos decían que era importante que nosotras, mis hermanas y yo, estudiáramos, que tuviéramos un título. Ellos le daban mucha importancia al estudio. Ser abogada es algo que nació desde que puedo recordar; en mis sueños de niña me decía: “Quiero ser abogada y algún día, juez”.

La jueza Karina Alomar durante la fiesta de gala de octubre 2022, de la Asociación de Abogados Latinos de Queens, con la juez Carmen R. Velázquez y los jueces Diego Freire y Edwin Novillo.

Entonces, desde muy temprano, usted pensó que lo que quería hacer era administrar justicia…

Sí, siempre supe que el trabajo que tengo hoy es lo que yo quería hacer.

Parece que usted nació para abogada.

Sin embargo, ¿tiene memoria de algún hecho en particular, de alguna situación de iniquidad, que pudieron inclinarle a estudiar abogacía, que le hicieron pensar que si usted hubiera podido administrar justicia, lo habría hecho de manera distinta?

Bueno, tengo que reconocer que durante mi etapa de crecimiento, vi circunstancias donde había mucha injusticia, especialmente tratándose de mi madre; por el hecho de que ella no era la típica americana, porque era emigrante. Veía cómo en muchas situaciones se la discriminaba, y eso afirmó más mi deseo de ser abogada, de ayudar a las personas que no tenían voz. Pero también quería algún día ayudar al pueblo en administrar justicia, para todas aquellas personas que acudían a la Corte.

¿Puede decirse, entonces, que esa rebeldía e impotencia suyas un día se transformaron en deseo de administrar justicia, de ser abogada?

Yo encontré mi camino a muy temprana edad; yo sabía que estudiando, y especialmente estudiando leyes, yo podría encontrar justicia.

¿El entorno académico en las facultades de jurisprudencia estadounidenses es, de alguna manera, hostil y discriminatorio hacia las mujeres? Se trata, después de todo, de una profesión predominantemente masculina…

Vamos a ser honestos. Las mujeres todavía no estamos en una situación de igualdad con los hombres. Todavía hay muchos actos que son aceptados porque son conductas masculinas, pero justamente esos mismos actos, si son expresados por las mujeres, no son aceptados. Siendo realistas, aunque ha habido muchos avances para las mujeres en los últimos 40 años, todavía no estamos a la par. Si estoy en lo correcto, en los Estados Unidos hay 1.4 millones de abogados, de los cuales, mujeres somos solo el 25 por ciento. Y latinas, menos del 2 por ciento. Evidentemente, es una carrera que está dominada por el hombre.

El estereotipo socio-cultural no asocia a la mujer con el ejercicio de justicia, sino más bien con el rol de la compasión y el amor. ¿Cree usted que la naturaleza femenina está hecha para administrar justicia, pero con compasión?

Lo que creo es que nuestro mundo está dominado por muchos estereotipos, que debemos dejar de lado. La justicia no es femenina ni masculina. Para administrar justicia uno tiene que ser neutral. Y también, seas hombre o seas mujer, tienes que tener algo de compasión. La ley no es necesariamente blanco o negro: tiene muchas áreas de gris.

Por ejemplo, un estereotipo que predominaba, si se mira la historia, tenía que ver con la custodia. Siempre se la concedía el hombre. Luego, se pensó que durante los años de la infancia, la mujer debía tener la custodia de los hijos, porque ella tenía mejor habilidad para cuidarlos. Ahora, hemos hecho otro cambio. No podemos asumir que el uno o el otro padre es mejor. Se tiene que hacer una investigación para determinar qué conviene para el interés del bienestar físico, psicológico y emocional de los hijos. En suma, tenemos que dejar de ver la justicia como algo femenino o masculino.

La juez Karina Alomar con la juez Carmen Veláquez y la abogada de inmigración Laura Pérez.

Al parecer, de acuerdo con las estadísticas que usted nos presenta, las mujeres no están orientadas hacia este tipo de profesión…

Eso es incorrecto. No es que no estemos orientadas hacia este tipo de profesión. Lo que ocurre es que cuando las niñas van creciendo, muchos padres y la sociedad en general, les dan el mensaje de que ellas deben enfocarse en ser mamás, en ser esposas, en tener trabajos de cuidar a otros. Pero si nosotros, la sociedad, les decimos “Usted quiere ser ingeniera, usted puede ser ingeniera, usted quiere ser astronauta, usted puede ser astronauta; usted puede ser lo que quiera”. Entonces, se ve claramente que las mujeres sí pueden desempeñar estos trabajos.

A su juicio, ¿dónde está la fractura, dónde falla la sociedad? ¿Qué no permite el desarrollo pleno de la mujer en términos profesionales?

Los niños son hechos por un hombre y una mujer, pero, típicamente, a quien le dejan la responsabilidad es a la mujer. Entonces, tenemos que revisar nuestro comportamiento. Por ejemplo, si es una familia que tiene niñas y niños, ¡oh!, la niña se queda aquí dentro; la niña tiene que barrer, tiene que limpiar, tiene que cocinar, tiene que lavar los platos. ¿Y el varón? Usted puede ver la tele, usted puede salir con sus amigos.

Esta escena que usted describe es muy propia de la cultura latina. ¿Cree que este estereotipo también prevalece en la cultura anglosajona?

Claro que sí, nosotros lo estamos viendo. Es cierto, ha habido muchos cambios en la sociedad, pero todavía falta mucho por hacer. Tú puedes ir a muchas casas, no solamente latinas sino de diferentes culturas, y todavía persiste ese pensamiento de que la mujer tiene un lugar y el hombre, otro.

¿Quiere decir que esa iniquidad es un eje que atraviesa todas las culturas?

Correcto.

¿Qué habría que hacer para cambiar esa realidad?

Hay que empezar en la familia, dándoles la misma oportunidad a mujeres y a hombres. Por ejemplo, cuando las niñas llegan a cierta edad, las diferencias son mucho más notorias. “Mi hijo puede salir, puede llegar cuando quiera, porque él es varón. La niña no. Tiene que llegar a cierta hora; hay que cuidar que no se embarace, que no tenga relaciones íntimas”. Esto me recuerda un comentario que hizo una tía mía a mi padre: “Usted se tiene que cuidar porque tiene tres mujeres; yo tengo tres varones”. Mi padre le respondió: “El mismo cuidado que tú le tienes que poner a una niña, se lo tienes que poner a un varón. La mujer se embaraza con la ayuda de un hombre; entonces, tú tienes que cuidar a tus varones para que no embaracen a una niña, tienes que cuidarles para que no entren en una pandilla, para que no entren en drogas. Entonces niñas y niños necesitan del mismo cuidado”.

En su entorno académico, ¿enfrentó este tipo de proclividades, de profesores, de compañeros estudiantes? ¿Sufrió en carne propia situaciones de discriminación?

Casi todos los días. Es algo que quizás nunca va a cambiar, porque nuestra sociedad le falta mucho para librarse de esos estereotipos. Como estudiante, recuerdo a muchos profesores que querían cambiar lo que yo quería para mí misma, que me decían: “Usted no tiene lo necesario para ser una abogada. Recuerdo a mi consejera de secundaria, que me decía: “Usted no necesita estas clases”. Mi respuesta fue: “Yo quiero ir a la universidad, yo quiero ser abogada, y algún día juez”. Y ella me responde: “No, no, no. Lo que usted quiere decir es que quiere ser una ‘paralegal’, o una secretaria para abogada”.  ¡Y estoy hablando de los años 90!